Superar la fecha prevista del parto (FPP)… por segunda vez

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L@s que me seguís por IG sabréis que ayer, 16 de noviembre, cumplí 40 semanas. ¡Llegó la esperada fecha prevista de parto (FPP)! Pero, como ya ocurriera hace dos años, no pasó nada del otro mundo porque mi bollito -al igual que su hermano entonces- debió pensar que hacía mucho frío para conocer mundo y que en la tripa de mamá no se estaba tan mal. De hecho, aquí sigue :)

Si os digo la verdad, siempre pensé que en este embarazo lo llevaría de otra forma, que estaría más calmada y que no me agobiaría por superar -o no- este día marcado de rojo en el calendario porque es una fecha orientativa y poco más. Pero nada más lejos de la realidad: la impaciencia por conocer a Leo es muy grande y, aunque intento concienciarme de que nacerá cuando él esté preparado para hacerlo, los fantasmas de la inducción -o de una segunda cesárea- me acechan a todas horas. Os prometo que si todo dependiera de él estaría más tranquila. Pero, por desgracia, no es así: la cuenta atrás ha empezado.

Con Adrián me indujeron el parto tal día como hoy, es decir, con 40+1. Fui a una revisión rutinaria y supuestamente tenía los niveles de líquido amniótico en el límite, así que ingresarme ya era lo mejor para los dos. Aunque después la matrona en la sala de dilatación casi tuviera que salir nadando y me dijera, palabras textuales, ‘hija mía, ¿de verdad te han dejado por falta de líquido? Lo que hay que ver’. Siempre he tenido esa espina clavada: mi niño bonito no estaba preparado para nacer y, por eso, se complicó tanto todo. Ya conté la historia de mi parto aquí, así que no voy a enrollarme con ese tema. Sólo deciros que, al acabar en cesárea y estar diagnosticado como una desproporción pélvico cefálica, me ha traído de cabeza estos nueve meses.

Finalmente, he apostado por intentar un parto vaginal de nuevo. Confío en que mi pelvis no tiene ningún problema y que Adrián no terminó de encajarse porque, tal y como me decían las matronas una y otra vez, estaba muy alto y con la cabeza no terminaba de apoyar. Confío, pero no estoy segura al 100% y, queráis o no, eso acojona. Que no me hiciera efecto la epidural y que me practicaran una maniobra de Kristeller que me hizo perder el conocimiento en el paritorio completan una experiencia dura que, aunque pensaba que sí, resulta que no está superada del todo.

El caso es que estoy obsesionada: no quiero llegar a la inducción. De hecho, entre eso y una segunda cesárea todavía no sé qué prefiero. No quiero perderme el momento del nacimiento de mi segundo hijo porque ya me perdí el del primero. Fui la última en conocerle y, aunque he recuperado el tiempo perdido con creces, es algo que a día de hoy todavía no me puedo quitar de la cabeza. Por suerte, aún me quedan unos días de margen. Como sé que mi parto puede acabar en cesárea, hace unas semanas me cambié de hospital. Donde di a luz a Adrián me trataron bien y los protocolos de ambos son similares (aunque ya sabemos que los protocolos a veces se cumplen y otras no), pero el nuevo incorpora un programa de césarea humanizada que me permitiría vivir el momento junto al padredelacriatura y no separarme del bebé. Todo si la cesárea no es de riesgo, claro. Pero os aseguro que tener la oportunidad de estar juntos los tres, tanto si el parto es parto o cesárea, me tranquiliza un montón. Además, esperan al máximo. En el hospital de Adrián la inducción la tendría programada para el próximo miércoles, sí o sí. En el de Leo el miércoles iría a monitores para ver cómo va la cosa y buscar una fecha, que tanto para inducción como para cesárea sería en torno a las 41+5 semanas.

En todo caso, queda muy poquito para conocer a mi pequeñín. Y eso es lo que me voy a grabar a fuego en la cabeza. Si nace por sí solo en estos días, genial. Y, si no, tomaré la decisión que en ese momento considere más acertada para los dos. De momento, estoy muy bien físicamente, así que aprovecharé para andar, botar en la pelota, bailar y todo lo que pueda estimular su colocación y favorecer la llegada del parto de forma natural. Es decir, sin Hamiltons ni nada por el estilo.

¡Leo, te espero aquí!

La ruta de los semáforos

las pequeñas obsesiones de nuestros pequeños: los semáforosHasta ahora, Adrián sólo había tenido dos obsesiones en su vida: los cocos (nada que añadir) y bailar. Da igual si está en casa, en la guarde, en la calle o en la cama: si le ves, seguramente le encuentres bailando. Incluso cuando no suene música a su alrededor, no la necesita: ya la crea en su cabeza. Normalmente reproduce coreografías de los Cantajuegos, pero si en la radio suena en último hit de Enrique Iglesias también le vale, improvisa y ya está. Yo, la verdad, me parto de risa cada vez que le veo y me sorprendo de cómo puede llevar tan bien el ritmo un bebé de dos años, más con estos padres que tiene, que por no bailar no bailan ni el Paquito el Chocolatero en las bodas. En fin, también me admira que un niño tan tímido como él oiga la música y pase olímpicamente del mundo entero para ponerse a bailar. Ay, mi Billy Elliot particular… :)

Pero, bueno, lo que os quería contar en el post de hoy es que, desde hace unos meses, hemos sumado una nueva obsesión a la lista: los semáforos. Todo empezó unos meses antes del verano, cuando empezó a mostrar un interés enorme por los colores. Tendría unos 20 meses y cada día me traía un montón de ovillos de lana (yo antes, cuando tenía tiempo y esas cosas, tejía) al sofá para que le dijera un color y él lo llevara de vuelta al cesto. Y así, con la tontería, se aprendió todos los colores. Como estaba emocionado con el tema, en verano compramos el libro de ‘Colores’ de Herve Tullet, súper recomendable, en el que el niño participa un montón mezclando los colores primarios para que aparezcan los secundarios. Evidentemente, mi intención no era que aprendiese que mezclando el azul y el amarillo sale el verde, sino que pasara un buen rato y afianzara los colores que había aprendido. Y vaya si le gustó la idea: durante más de un mes se convirtió en nuestro cuento de cabecera, que había que leer antes de la siesta, antes de dormir y… unas tropecientas veces más durante el día.

Ahora el cuento lo tiene un poco olvidado porque han aparecido en su vida los semáforos. Concretamente los de peatones. Eso de que un muñeco esté rojo (ojjo) y se ponga verde (nenne) es lo más de lo más para él, que se ha aprendido a pies juntillas que cuando el ‘eco ta ojjo’, gestos de parar y cuando el ‘eco ta nenne, siii za’. Eso sí, hay que dar la ‘ita’ (manita) a mamá. Y el tío lo pone en práctica, ¿eh? Que le falta regañar a los insconscientes que cruzan cuando no deben. Tanto le gustan los semáforos que, además de poder repetir ‘ojjo noooo, nenne siiii’ durante media hora sin parar, últimamente no quiere que vayamos al parque a jugar, sino que nos pide ir a ver semáforos. Y, claro, allí vamos la familia telerín: a ver semáforos por el barrio. ¡Nos hemos hecho una ruta y todo! Lo único es que estamos pensando en cambiarla porque, como es circular, la gente nos mira raro cuando ven que hemos pasado tres veces por el mismo paso de cebra. ¡Pero él está encantado, oye! Y nosotros también :) No sé cuánto le va a durar, pero no quiero que se me olvide nunca lo importante que fueron para él. Estas cosas que parecen nimias, al menos para mí, son MARAVILLOSAS. Pero la memoria es traicionera… ¡a no ser que tengas un blog!

¿Y vuestros peques? ¿Qué obsesiones tenían o tienen que les hacen especiales?

Dos años después… ¡dormimos mejor!

Fuente: Google Images.

Fuente: Google Images.

Llevo varias semanas detrás de escribir este post, pero había algo que me echaba para atrás a la hora de redactarlo y, por eso, todavía no había visto la luz. Básicamente, se podría decir que tenía (y tengo) miedo a contároslo y que se rompa la magia. Porque esto es MAGIA y de la buena. ¡Qué digo de la buena: de la buenísima! De ésa que te gusta tanto que te da igual si tiene truco o no. No, bromas aparte: no es magia. Es una cuestión evolutiva que, en nuestro caso, ha tardado 24 meses en llegar. Pero que (según parece) ha llegado.

Me refiero al sueño de Adrián, que en los últimos meses se ha ido normalizando hasta que antes de ayer, día 19 de septiembre de 2016, nos regaló su primera noche del tirón. Después de 24 meses y 17 días, aguantó una noche entera sin despertarse. Todo un hito para nosotros, que las hemos pasado canutas con este tema. Quien haya pasado por algo parecido me entenderá, quien no quizá piense que exagero.

¿Qué hemos hecho para conseguir este cambio? Pues absolutamente nada. Dejar pasar el tiempo y, si me apuráis, perder la fe. Si me hubierais preguntado hace unos meses por el tema, os hubiera dicho con pleno convencimiento que los cuatro y cinco despertares iban para largo. Entendiendo por largo muchos meses o, incluso, años. Después de los diez-doce del año pasado, tampoco estaba tan mal, ¿no? Pero, con la llegada del verano, algo hizo clic en la cabeza de mi pequeño y, poco a poco, empezó a despertarse menos. Al principio tres veces, luego dos y, desde hace un par de semanas, algunas noches sólo se ha despertado en una ocasión, generalmente para pedir agua y volver a dormirse rápidamente. También tiene sus días malos, claro, pero no son la norma como hace algún tiempo. Y, con eso, me conformo. No aspiro a que se convierta en una marmota de la noche a la mañana. No hace falta, aunque estaría bien :)

La verdad, estoy muy feliz. El descanso de Adrián es un tema que nos ha traído muchos quebraderos de cabeza en estos dos años. No sólo por nosotros, que os aseguro que el hecho de no descansar correctamente día tras día pasa factura a todos los niveles, sino por él. En la guardería me decían que llegaba muy justo de sueño a la hora de comer y que en el patio a veces se le veía muy cansado. No os imagináis la impotencia y la culpabilidad que sientes cuando, a pesar de acostarle muy pronto, ves que no está al 100%. Y lo hemos intentado todo, excepto métodos tipo Estivill que ya sabéis que no me gustan: colecho, cuna en nuestra habitación, cuna en la suya, colchoneta… Al final, lo que mejor nos ha ido ha sido quitar la barandilla y unir la cuna a nuestra cama para ampliar el espacio a la hora de dormir. Aunque, sinceramente, no creo que tenga que ver con la mejoría del sueño. Eso, como digo, llega cuando tiene que llegar.

¡Un abrazo!