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La historia de mi segundo parto: ¡Gracias, Leo!

Han pasado casi dos meses desde mi segundo parto y más de tres desde el último post. Sin embargo, os puedo asegurar que en este tiempo he estado muy -pero que muy- pendiente del blog. De hecho, a simple vista veréis que hay cambios significativos en él: nueva plantilla, nuevas secciones y una cabecera retocada en la que ya no aparecemos ni Adrián, ni yo. También hay detrás nuevas ilusiones y nuevos proyectos, pero creo que hoy no es momento de adentrarnos en nada de eso. Hoy, que arranca una nueva etapa por aquí, toca hablar de lo verdaderamente importante: la llegada de Leo al mundo y a casa.

Antes de abordar el momento parto, dejadme poneros en antecedentes: si algo ha marcado mi segundo embarazo eso ha sido, sin duda, el miedo a parir. O a no parir. O mejor dicho: a intentar parir y no parir como yo quería parir. Una frase un poco liosa, pero que seguro que muchas entendéis a la perfección nada más leerla. Sin adentrarme en detalles os recuerdo que tuve una experiencia regulera con el parto inducido que terminó en cesárea de Adrián, mi primer hijo. Y, no sé si lo sabéis, pero después de una cesárea la madre se supone que tiene derecho a elegir si quiere tener -o intentar- un parto vaginal o prefiere programar directamente una cesárea. Esto, que a priori es una ventaja, para mí fue una cruz.

Al principio del embarazo lo tenía clarísimo: iba a intentar un parto vaginal sí o sí. Pero, a medida que avanzaron los meses, dos palabras que había escritas en el informe de parto de Adrián empezaron a resonar en mi cabeza: desproporción pélvica. Y, con ellas, llegaron las dudas y las noches sin dormir: ¿y si no cabe? ¿y si tengo la pelvis mal? Claro, con lo bajita que soy, si es que quién me manda… Unos médicos me decían que no tenía por qué volver a pasar y otros que si pesaban más o menos igual… blanco y en botella. Total, que estuve dándole vueltas todo el santo embarazo. Incluso al final no lo tenía claro y tuve que pedir consejo a madres expertimentadas como Una mamá en la cocina (gracias).

Finalmente, opté por intentar un parto vaginal. Fijaos que digo intentar porque, sinceramente, no lo tenía nada claro. Como os conté en este post, me cambié de hospital por si la cosa se torcía y acababa en cesárea, que fuera lo más humanizada posible. Y también porque quería poner toda la carne en el asador y en el nuevo esperaban al máximo antes de provocar el parto, o sea hasta finales de la semana 41. Leo se hizo de rogar, así que acerté de pleno.

Tenía programada una inducción el lunes 28 de noviembre a las 9.00 horas, estando de 41+5. Media hora antes llegué al hospital porque no aguantaba más el dolor de las contracciones y me quedé ingresada porque… ¡estaba de parto! Para mí, ponerme de parto era fundamental. No sé explicaroslo, pero por un lado no quería que nada fuese como en el parto anterior y por otro… me sentía un bicho raro. Joder, ¿por qué mi cuerpo no se ponía de parto de manera natural? ¿Por qué en los dos casos tenían que provocarlo artificialmente? No lo entendía y no paraba de pensar que estaba mal hecha.

Pero, bueno, como os decía: me puse de parto, aunque después necesité dos ayuditas: primero una rotura de bolsa y después un poquito de oxitocina. También me pusieron la epidural y, al principio, me hizo efecto, aunque me dejó fatal. Me bajó la tensión a 8-4 y no paraba de temblar como si estuviera enferma (¿Qué problema tiene esta anestesia conmigo?). La matrona me decía que era normal, pero yo, que me recordaba en el parto de Adrián como una leona aguantando las contracciones sin anestesia, le decía… oye que yo no voy a poder parir así… Por suerte o por desgracia, al ratito de ponérmela me dejó de hacer efecto en un lado. ¡Justo igual que las primeras horas del parto de Adrián! Y yo, el optimismo personificado, me puse a llorar pensando que todo iba a ir igual que la otra vez… Pobrecito el padredelascriaturas, intentando consolarme entre contracción y contracción… Me pusieron varios refuerzos, pero siempre sentía uno de los lados… Debe ser que tengo una escoliosis de caballo o muy mala suerte con los anestesistas.

Es verdad que en muchas cosas los dos partos se parecieron: con la oxiticina dilaté rapidísimo y el niño venía alto. Pero… ¡bajó! Aunque yo no lo sabía y seguía en mis trece de #estovaaacabarcomolaotravezqueloseyo. Cuando vino la matrona le dije que cuál era el plan, que cuantas horas había que esperar, y la chica me miró como diciendo ésta es tonta y me preguntó ¿qué plan? Ahora tienes que empujar. Y yo, ¿ein? pero… ¿seguro? Y ella… claro, va a ser un parto vaginal seguro. Y yo… ya veremos. Ahí, actitud positiva hasta el final.

El caso es que estaba tan preocupada por lo que pudiera pasar que no me di cuenta de lo que estaba pasando: en cinco contracciones nació Leo. Pude tocar su cabecita justo antes de salir y cuando me lo pusieron encima… no me lo podía creer. Me puse a llorar como una loca y a darle las gracias por haberme permitido vivir esa experiencia. Esa experiencia que en el fondo deseaba tanto y que me permitió sacarme una espinita que tenía clavada muy adentro. Vi también cómo se enganchaba al pecho solito, reptando, y cómo se calmaba al oír mi voz. Todavía hoy, a veces cuando le miro me veo a mí misma agradeciéndole lo fácil que me lo puso, lo fácil que me lo pone. También le doy las gracias a Adrián, que es el mejor hermano mayor del mundo y que también me lo pone muy fácil. He tenido mucha suerte con los dos. Y, claro está, también le doy las gracias al padredelascriaturas, con el que he podido formar esta familia tan maravillosa, que me hace sentir tan orgullosa.

De lo hándicaps de la bimaternidad hablamos otro día, que no quiero empañar la estampa 😉

Dos Rayitas

Periodista y bimadre primeriza que comparte sus in-experiencias en el mundo de la maternidad y la crianza con apego.

2 Comments

  1. Desde luego, qué estampa!! para estampa la mía aquí llorando a moco tendido. MIra no sé si alguna vez volveré a estar embarazada, pero me siento tan identificada con lo que cuentas. Mi parto fue como el tuyo de Adrian y siempre he pensado quizá el próximo podría ser vaginal ,pero de repente el miedo se apodera de mí y sé que estaría así todo el embarazo.
    Y luego está lidiar con UPMF…en fín, para qué nos vamos a adelantar.

    Muchas felicidades por haber visto cumplido tu deseo.

    • Ay, qué alegría leerte por aquí 🙂 Muchas gracias, la verdad es que los miedos no se pueden controlar… Pero que mucha gente dice que los segundos embarazos se llevan de otra manera y yo creo que no… que dependen de las circunstancias, de las experiencias previas… Un beso guapa!!

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