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La ruta de los semáforos

las pequeñas obsesiones de nuestros pequeños: los semáforos

Hasta ahora, Adrián sólo había tenido dos obsesiones en su vida: los cocos (nada que añadir) y bailar. Da igual si está en casa, en la guarde, en la calle o en la cama: si le ves, seguramente le encuentres bailando. Incluso cuando no suene música a su alrededor, no la necesita: ya la crea en su cabeza. Normalmente reproduce coreografías de los Cantajuegos, pero si en la radio suena en último hit de Enrique Iglesias también le vale, improvisa y ya está. Yo, la verdad, me parto de risa cada vez que le veo y me sorprendo de cómo puede llevar tan bien el ritmo un bebé de dos años, más con estos padres que tiene, que por no bailar no bailan ni el Paquito el Chocolatero en las bodas. En fin, también me admira que un niño tan tímido como él oiga la música y pase olímpicamente del mundo entero para ponerse a bailar. Ay, mi Billy Elliot particular… :)

Pero, bueno, lo que os quería contar en el post de hoy es que, desde hace unos meses, hemos sumado una nueva obsesión a la lista: los semáforos. Todo empezó unos meses antes del verano, cuando empezó a mostrar un interés enorme por los colores. Tendría unos 20 meses y cada día me traía un montón de ovillos de lana (yo antes, cuando tenía tiempo y esas cosas, tejía) al sofá para que le dijera un color y él lo llevara de vuelta al cesto. Y así, con la tontería, se aprendió todos los colores. Como estaba emocionado con el tema, en verano compramos el libro de ‘Colores’ de Herve Tullet, súper recomendable, en el que el niño participa un montón mezclando los colores primarios para que aparezcan los secundarios. Evidentemente, mi intención no era que aprendiese que mezclando el azul y el amarillo sale el verde, sino que pasara un buen rato y afianzara los colores que había aprendido. Y vaya si le gustó la idea: durante más de un mes se convirtió en nuestro cuento de cabecera, que había que leer antes de la siesta, antes de dormir y… unas tropecientas veces más durante el día.

Ahora el cuento lo tiene un poco olvidado porque han aparecido en su vida los semáforos. Concretamente los de peatones. Eso de que un muñeco esté rojo (ojjo) y se ponga verde (nenne) es lo más de lo más para él, que se ha aprendido a pies juntillas que cuando el ‘eco ta ojjo’, gestos de parar y cuando el ‘eco ta nenne, siii za’. Eso sí, hay que dar la ‘ita’ (manita) a mamá. Y el tío lo pone en práctica, ¿eh? Que le falta regañar a los insconscientes que cruzan cuando no deben. Tanto le gustan los semáforos que, además de poder repetir ‘ojjo noooo, nenne siiii’ durante media hora sin parar, últimamente no quiere que vayamos al parque a jugar, sino que nos pide ir a ver semáforos. Y, claro, allí vamos la familia telerín: a ver semáforos por el barrio. ¡Nos hemos hecho una ruta y todo! Lo único es que estamos pensando en cambiarla porque, como es circular, la gente nos mira raro cuando ven que hemos pasado tres veces por el mismo paso de cebra. ¡Pero él está encantado, oye! Y nosotros también :) No sé cuánto le va a durar, pero no quiero que se me olvide nunca lo importante que fueron para él. Estas cosas que parecen nimias, al menos para mí, son MARAVILLOSAS. Pero la memoria es traicionera… ¡a no ser que tengas un blog!

¿Y vuestros peques? ¿Qué obsesiones tenían o tienen que les hacen especiales?

Dos Rayitas

Periodista y bimadre primeriza que comparte sus in-experiencias en el mundo de la maternidad y la crianza con apego.

3 Comments

  1. Jejejejej qué precioso está!! me has recordado que cuando UNMF empezó con los colores le dio por los coches…ayyyyy madreeeeeeeeeeeee!!! ya le temía hasta salir a la calle.
    Es una edad preciosa.

  2. jajajaj, me meo con tu niño bonito y su lengua trapo!!es genial escribir estas cosas por si se nos olvidan!! en nada veo echando la peta a alguien que cruce con el semáforo en rojo!!jajaj, besitos preciosa!!

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